Existen aún hoy en día medio centenar de cumbres de “cincomil” sin ascensos en la provincia de Mendoza. Y a diferencia de lo que piensan los “depredadores” de minerales, es ése uno de los tesoros “ocultos” de nuestra cordillera: un ambiente natural prístino. Para quienes vivimos el montañismo como una permanente “exploración”, poder seguir contando con este “terreno de juego” es esencial, por lo que desde este espacio seguimos bregando por el libre acceso a las áreas de montaña de Mendoza.
El Cordón del Portillo es una de estas zonas que posee cumbres de 5000m sin ascensos. Y esto se puede deber a las características del terreno, típico de la cordillera Frontal: quebradas profundas y “taponadas” por glaciares de escombros y cerros con laderas abruptas y rocosas. Y aquí es conveniente pensar que las montañas que quedan sin ascensos permanecen así por alguna razón, ubicación en una zona muy alejada, dificultades que plantea su ascenso o la desinformación que hay con respecto a los ascensos anteriores.En lugar de ingresar por la quebrada del Arroyo Manzano, desde “La Remonta”, lo hacemos a través del Arroyo Pircas, entrando desde el Manzano Histórico. Se cuenta con dos mulas cargueras para el primer día de marcha, alivianando sensiblemente nuestras mochilas. El primer día se recorre unos 10km, a través de la hermosa y florida quebrada, en la que debemos realizar varios cruces del arroyo. A la tarde se alcanza los 3100m, lugar elegido para el primer campamento. Gerardo y Lito se ponen manos a la obra, y el asado no demora mucho en estar marchando. Los demás buscan agua, leña y ordenan el equipo. Las nubes cubren al Campanario del Pircas y sus vecinos y algunas gotas apuran el armado de carpas. Pero la cosa no pasa a mayores y podemos seguir disfrutando tranquilamente la tarde. El asado ya está listo y mientras se saborea la exquisita carne elegida por Adrián, las anécdotas, bromas e historias se hacen presentes, aceleradas por el infaltable vino.
Las primeras luces del día de
cumbre nos encuentra en febriles preparativos. Son las 6.20AM cuando vamos
ganando altura sobre las morenas que nos conducen a la cara noreste del cerro.
En poco tiempo más estamos en un vallecito lateral que por el que baja un
hermoso glaciar. Lo bordeamos por el sur y torcemos nuestra trayectoria para
enfrentarnos a la pala de nieve que había fotografiado Frodo hace un mes. Si
bien aún esta cara de la montaña permanece cubierta por nieve, ésta se
encuentra totalmente “apenitentada” por lo que en poco tiempo más nos vamos
enfrentando a lo que va a ser el principal obstáculo del cerro. A esa hora de
la mañana los penitentes están “duros” y no queda más que volear la pierna,
pegar saltos, hacer equilibrio, en un gasto de energía exagerado para poder
ganar altura. Pero el entusiasmo de estar aquí, en este cerro ignoto, en esta
cara de la montaña nunca antes explorada, es mucho mayor al cansancio que nos
va provocando esta empinada ladera de colmillos blancos. Particularmente Frodo
libra una batalla desigual abriendo la huella en la punta de la numerosa
cordada, secundado por Gerardo quien realiza el infaltable “apoyo moral” en la
elección de la ruta.
Las nubes habían cubierto el cielo desde hace unas horas, y la tarde se
ha vuelto gris. Pero nosotros tenemos aún en la mente las imágenes de ese
luminoso momento de cumbre que nos va a acompañar toda la vida.
Pronto comienzan a escucharse los calentadores y el té no tarda en llegar.
Yo aprovecho el final de la tarde para alejarme un poco del campamento y
ponerme a pintar una acuarela del cerro que acabamos de subir. Es una forma de
conectar todas las pasiones ahí mismo…¡subir una montaña y pintarla!
Más tarde mientras en una carpa las conversaciones giran en torno a
sistemas constructivos y viviendas, en la otra afloran recuerdos de conquistas pasadas…Y
yo después de cenar, tomo mi bolsa de dormir y elijo un cielo estrellado para
conciliar el sueño.
Al día siguiente todos esperamos los rayos de sol para secar la escarcha que han dejado las sombras de la noche. Contentos, haciendo bromas, vamos desarmando el campamento. El camino de regreso es largo y no podemos perder tiempo. Desandar las morenas nos lleva buena energía de saltar de bloque en bloque, de subir, de bajar, de ladear… es vivir la montaña tal como es.
A mediodía estamos llegando a la Laguna del Campanario, donde hacemos una parada inevitable para comer y tomar. Los kilómetros se van sintiendo y los pies son los principales damnificados. Aún nos quedan algunas morenas hasta llegar al campamento 1. Y desandar lo subido además de reconocer el esfuerzo que nos llevó la subida hace un par de días, nos hace conocer mejor la quebrada y encontrar los mejores pasos para evitar obstáculos. Cuando finalmente salimos del mundo de rocas y pisamos el “verde” nuestros pies nos lo agradecen. Cambio de calzado y seguimos en zapatillas. Parte de la carga se la dejamos a las mulas y seguimos con mochilas más “lógicas”. Y aprovechamos esta ventaja para apurar el paso, aún quedan muchos kilómetros hasta los vehículos.
Los vadeos del arroyo nos van dando la oportunidad de refrescarnos durante la calurosa tarde, y sin aflojar seguimos devorando kilómetros a buen ritmo. Ya son más de las 5 y media de la tarde cuando vamos llegando al puesto donde quedaron las camionetas. La expedición llega a su fin y todo ha salido “redondito”, tal como dicen algunos de nosotros. Y nos fundimos en un abrazo más, como cada vez que logramos cada etapa del ascenso. Sólo nos queda ir a buscar las “truchas” (latas de cerveza) escondidas en el arroyo para brindar por la experiencia compartida. ¡Y nos volvemos a casa, sintiéndonos privilegiados al vivir esa misma pasión por la exploración de nuestras montañas que sintieron aquellos cuatro jóvenes hace 65 años!








